La Fuerza de los argentinos. Por
Dante López Foresi
(Diario EL VIGÍA- 24/08/11) - Si bien los argentinos hemos
elegido un rumbo en las pasadas elecciones Primarias, es imprescindible destacar
que aún no hemos llegado al 23 de Octubre, fecha en la cual deberán elegirse
concretamente los cargos ejecutivos y legislativos para los próximos 4 años. Una
regla se cumplió a rajatabla: ganaron los oficialismos.
Ello significa que, cuando las sociedades viven en un clima de bonanza, tienden
a optar por mantener el status quo. Sería ingenuo suponer que más de la mitad de
los argentinos votaron con mística, convicciones y solidaridad social, que son
las bases sobre las cuales se asienta el proyecto nacional encabezado por
Cristina Fernández de Kirchner.
Así como en 2001 el Pueblo argentino reaccionó sólo cuando fue violado su
bolsillo y no sus ideales, en ésta oportunidad decidió un voto de premiación a
gestiones de gobierno. Antes de las Primarias, en los comicios realizados en
varias provincias, ganaron todos los oficialismos, excepto en Catamarca, donde
se impuso el Frente para la Victoria. Fue así como fueron votados proyectos
ideológicos casi antitéticos, como Macri en CABA y Cristina luego ganándole al
PRO en la inmensa mayoría de las comunas porteñas. Es decir, que el móvil del
voto popular no nos parece haber sido un país soñado, sino la necesidad
imperiosa de no cambiar la realidad, luego de décadas de sufrimiento e
inestabilidad.
Macri, De la Sota, Bonfatti y Binner son conscientes de que ganaron sus comicios
provinciales gracias al "viento de cola" de un gobierno nacional que supo
pilotear nuestra economía en momentos en los que el Primer Mundo se derrumba
junto con todas sus mentiras conceptuales. Y en cada una de esas provincias y en
los pueblos agropecuarios el voto popular dejó demostrado lo que acabamos de
señalar: los gobernadores aprovecharon la gestión eficiente de Cristina para
ganar en sus propios distritos.
Pero no alcanza. El camino recién comienza.
Como siempre lo sostuvimos desde nuestras páginas, la batalla cultural es la
"madre de todas las batallas", y comenzó con la Ley de Medios y la decisión
política de democratizar el uso de la palabra.
No vemos grandes novedades en los resultados de las elecciones Primarias. Ganó
ampliamente la única persona que en Argentina demostró dotes de estadista,
pensando en las futuras generaciones y rompiendo con moldes establecidos como
verdades absolutas desde hace décadas.
Ella y su marido no aceptaron las viejas recetas que hoy están causando el
colapso de lo que, en la década de los 90, era nuestro gran objetivo nacional:
"los países en serio". Argentina está de pie y creciendo y todos los
gobernantes, sin importar ideologías, aprovechan la ocasión para disputar poder
y subirse al corcel triunfante.
Y no hubo novedades, decíamos, porque además de triunfar la única persona que
demostró capacidad de gestión, mirando más hacia el horizonte por venir que a la
coyuntura presentada por los defensores de intereses del privilegio, también
perdieron quienes demostraron la mediocridad suficiente como para hacer del odio
una bandera. Ríos de tinta y verdaderas transmisiones en cadena de medios
privados con apólogos de la frustración, el Apocalipsis y la dramatización, no
lograron hacer mella en el alma de los argentinos.
Carreras políticas promisorias se derrumbaron, y sólo existirán de ahora en
adelante en estudios de televisión repletos de periodistas que los seguirán
"retando" y castigando, con la genuflexa reacción de dirigentes que no
entendieron que la política es mucho más que un raid mediático.
Los pilares ideológicos de los proyectos suramericanos -el argentino incluido-
se basan en valores y principios que no parecen haber sido tenidos en cuenta por
la mayoría del electorado, por más que los triunfantes sean los que sostienen
esos valores y virtudes.
La buena noticia, sin embargo, es que de un modo u otro, los argentinos hemos
encontrado el camino y el rumbo que necesitamos transitar para vivir la vida que
nos merecemos y convertirnos en el País que siempre fuimos y eternamente
subestimamos.
De ahora en más, la tarea ya no será política, sino familiar y social. Si. Ya
estamos a tiempo de comenzar a darnos cuenta de que los valores que
transfundimos a nuestros hijos y amigos, deben ser los de la solidaridad social
y el desprendimiento de lo cuantioso en pos de lo virtuoso. Y que esa tarea es
estrictamente nuestra, y no de nuestros gobernantes de turno.
La batalla cultural comenzó venciendo a la mentira sistemática de medios que
funcionaron como fuerzas de presión lobbista y premiando a un proceso
suramericano que cada vez se hace más sólido. Ya poco importa si el móvil del
voto de cada ciudadano fue egoísta o solidario, pues la solidaridad se construye
culturalmente.
Recuérdese -a modo de ejemplo- la composición familiar de quienes superamos los
40 años. En esas estructuras familiares existían cuatro o cinco verdades
absolutas e inamovibles que no se discutían jamás: el que manda es el padre, la
madre cría los hijos, los hijos están obligados a obedecer y el sueño
"suramericano" era tener un hijo "doctor". Eso garantizaba la "perdurabilidad"
familiar. Pero no la plenitud. Lo que hoy parece un manual de zonceras
familiares, fue en realidad lo que mantuvo en pie matrimonios sin amor, familias
en las cuales "en la mesa no se habla de política" y limitaciones por el estilo.
Hoy, habemos quienes deseamos otra realidad para nuestros hijos. Deseamos que
sientan el dolor ajeno como propio, el orgullo de la argentinidad y el sentido
de pertenencia a una patria suramericana como la que soñaron nuestros próceres.
Los que soñamos con la bella posibilidad del cumplimiento de utopías. Y, por
sobre todas las cosas, con Pueblos que al introducir un sobre en una urna
electoral, sientan mientras se les eriza la piel, que están viviendo por un
sueño, y que esos sueños e ideales son los únicos motores genuinos en la
historia de las sociedades. Eso significan para nosotros "las elecciones".
Ninguna comunidad crece en base a consensos. Los golpes de crecimiento sólo se
producen ante la pugna de intereses. Piénsese en una discusión familiar o en
determinados grupos de personas. Existen pocas cosas tan aburridas y poco
edificantes como coincidir en todo.
Quienes nos dejan reflexionando y nos convierten en mejores personas, son
aquellos que discrepan, pero desde la buena fe generada por el cambio de valores
internos, producto de un proceso de revolución individual que, aunque no lo
notemos, ya está en marcha.
Poco a poco, vamos dejando atrás al egoísmo que alimenta nuestras decisiones más
trascendentales. Una vez vencido el odio y la mentira sistemáticas, debemos
construir las verdades sociales más arraigadas, pero sepamos que, de
profundizarse este modelo -insisto- suramericano y no sólo nacional, los
intereses corporativos y mezquinos reaccionarán aún más virulentamente de como
lo hicieron hasta hoy. No tema. La institucionalidad y gobernabilidad no estarán
en peligro mientras exista una conducción del Estado -en todos sus niveles-
firme y reposante en el resto de los países de la región.
Pero lo verdaderamente importante. Lo que garantizará que cada uno de los
adultos podamos irnos de este mundo con la sensación del deber cumplido, no será
dejar a nuestros hijos economías estables, sino sueños, voluntades, decisiones y
convicciones. La tarea es desterrar de nuestra descendencia y de nuestro propio
léxico términos como "miedo" o "culpa". Tarea revolucionaria como pocas.
Verdadera batalla cultural.
Los enemigos de los intereses populares nos tienen miedo, justamente porque no
tenemos miedo. Y el miedo desaparece cuando afloran las convicciones más
profundas. El miedo paraliza. Las convicciones entusiasman y nos movilizan.
Anímese. No se sienta ingenuo por soñar, como nos hicieron creer quienes más
daño nos hicieron en nuestra historia.
Cristina Fernández dijo hace un tiempo en Avellaneda: "Yo estoy de paso, pero no
entreguen nunca esas banderas de lo conquistado". Creo que no se refería a las
medidas populares que adoptó en su gobierno, quizás el más atacado y
desestabilizado de la historia. Interpreto que se refería a esa palabra que una
y otra vez irrumpe en las almas y mentes de las buenas personas: "sueños".
Sólo los pobres y marginados tienen sueños. Los grandes derrotados de la
modernidad, son los que tienen o defienden intereses. Que en paz descansen. Y
que no nos molesten mientras los suramericanos seguimos brindándole -cada uno
desde su lugar- una mayor solidez a un continente que ya no es un mapa de
colegio con una historia enseñada de manera sesgada e interesada, sino un hogar
común soñado por los Moreno, Belgrano, Bolívar, San Martín, Alberdi o Güemes:
las buenas personas de nuestra breve pero intensa historia que hoy, estamos
protagonizando como conjunto social.
Fuente:
agenciaelvigía.com.ar 
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